La influencia de la escuela polaca de reportaje en la obra de Kapuscinski


A mediados de la década del 70 dos figuras de la revolución política latinoamericana cobran vida en la obra kapuścińskiana y marcan de cierto modo una nueva tendencia en la escritura del autor. Se trata de Ernesto Che Guevara y Salvador Allende,
Con Guevara y Allende el periodista recoge sus experiencias durante su estancia en Bolivia y el golpe de estado de Pinochet, que cubre desde la distancia. Su intención es reflejar el verdadero espíritu revolucionario que comenzaba a cobrar mayor auge en el continente por medio de las biografías de dos hombres que la encarnaron y posteriormente se convirtieron en mitos o mártires de dichas ideologías. Allende, por una parte representaba una alternativa más pacífica de la revolución, mientras que Guevara encarnó la ideología de lucha armada. Influenciado por el modelo historiográfico francés de Les Annales y la escuela polaca de reportaje periodístico, Kapuściński “trata de llegar a la esencia universal y moral de una actitud que constituye un desafío lanzado contra la realidad que se han encontrado esas personas— un desafío sin esperanza en la victoria— y explicarlo de inmediato mediante el contexto socio-cultural” . El tema central pasa de ser la revolución latinoamericana al heroísmo trágico y la muerte: preguntas universales de la filosofía humana. Se observa un cambio de ideología en el autor, quien en un principio había sentido gran afinidad por apoyar dicha revolución y ahora su fe en esta utopía como método para salvar las naciones en vías de desarrollo iba disminuyendo. Comprende que el Otro ya no es semejante a uno, sino un ser completamente diferente con notables desemejanzas culturales. A partir de este momento se encomienda una tarea: el de traductor de culturas. El ensayo de Guevara y Allende

(…) pone en un primer plano al ser humano como protagonista del reportaje y en consecuencia cambiar la manera en que el mismo autor está presente en el texto. Pasa de ser el experto, el defensor de una razón concreta, a ser un testigo, a veces el testigo del mayor de los sacrificios, y en él recae el honor y la responsabilidad de que el mensaje de ese sacrificio no caiga en saco roto .
Dicha técnica, utilizada por muchos de los exponentes de la escuela polaca de reportaje periodístico y la literatura documental de la Segunda Guerra Mundial convierte no sólo al autor en protagonista y narrador omnisciente que se encuentra en el mismo eje del conflicto, sino también el lector se transforma en testigo de la trama. La narración desde el punto de vista del testigo-autor sirve como expresión de temas universales del reportaje. Otro de los exponentes de esta corriente fue el escritor Gustaw Herling-Grudzinski, quien en 1947 otorgó otro nombre al reportaje: testimonio de presencia. Unas décadas más tarde, el estudioso
Marek Miller, también aportó a la noción refiriéndose al género no como reportaje, sino testimonio auténtico. Se volvió requisito imprescindible la participación activa en las vivencias narradas.

El relato del testigo no obliga al autor a llevar a cabo interpretaciones de gran amplitud que exigen un distanciamiento externo, porque su fuerza reside en la autenticidad de la vivencia, en el hecho de sentir en carne propia la suerte de aquéllos sobre los que se está hablando, lo cual garantiza la fiabilidad y además otorga derecho moral a revelar las experiencias, a veces extremas, de otros .
La periodista Hanna Krall también fue otro de los exponentes cuya escritura se vio influenciada por esta tendencia y llevó a otro nivel el reportaje-testimonio con la publicación de su obra Ganarle a Dios, a mediados de los años setenta. Asimismo, el libro que recoge sus conversaciones con Marek Edelman, un cardiólogo polaco superviviente del Holocausto, refleja su interés en común con Kapuściński de llevar a cabo periodismo intencional fijado en un interés por concienciar al lector y provocar un cambio positivo.

Le dio una nueva forma a la necesidad del escritor de luchar por un mundo mejor— materializada en una fórmula con la que reclamar la verdad y la justicia en nombre de los asesinados o los que han sido despojados de la voz— y concretó la búsqueda de una razón superior para la escritura, la impregnó de un mensaje intensamente moral que a veces permite intuir un sentimiento de estar cumpliendo una misión. Con este giro en su escritura, Kapuściński demuestra que más que periodista es sobre todo humanista. Sus constantes evocaciones del recuerdo de la guerra y su propia historia en Polonia van de la mano junto a las vivencias que narra en su escritura y “a veces le sirve como elocuente carta de presentación ante las personas sobre las que tiene intención de hablar, como una manera de demostrarles que tiene derecho y competencia para pronunciarse acerca de sus asuntos” .

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