Teoría del espejo



La vida se mueve deprisa, pasan los días y como sólo somos humanos y no saddhus que levitan por la tierra y se llaman Yogamarandumam, pues a veces se nos olvida detenernos un momento para reflexionar y ser agradecidos. Hablé ayer con un amigo, después que le conté que había soñado con él y me dijo que las cosas en Puerto Rico iban de mal en peor. Que ahora no sólo niñas de escuela intermedia inyectan jeringuillas a sus compañeros de clase por jugarles una broma, sino que también pueden asaltarte y ponerte un revólver en la cabeza tipos que visten con camisa de manga larga un viernes de noche en pleno Condado. Wao. Pues sí, las cosas están jodidas, pero tampoco hay razón para cruzar los brazos y ponernos a llorar o dejar de ser, por un minuto, menos agradecidos.

Esta mañana me levanté y un sol resplandeciente entró por la ventana. Estoy sola en un país que entiendo muy poco, pero cada día que pasa, intento penetrar un poco más. No conozco a prácticamente nadie, con excepción de los estudiantes que veo entrar y salir del edificio donde vivo y las compañeras de piso que tenía, pero que ya se mudaron. Y pues, desde que estoy aquí, en Breslavia, el sur de Polonia, tengo mucho tiempo para compartir conmigo misma.

Almorcé hoy en una cafetería que me gusta mucho y que queda justo enfrente de donde vivo. Y aunque no hay ni un solo plato que cueste más de 20 złoty ($6), la comida es bastante buena y la señora que cocina es alegre y simpática y lo prepara todo con amor. Ahí me senté en la misma mesa de madera de siempre. Me moría de hambre y hasta me comenzó a doler la cabeza esperando que estuviera listo el goulash con pancakes de papa y ensalada. Tenía a Puerto Rico en la mente y las historias que había escuchado y leído en la prensa durante las últimas semanas. Estaba distraída, pensando y cuando devolví la vista a mi nueva realidad polaca, vi a un niño que me miraba firmemente a los ojos.

Era un niñito de unos 6 años. Tenía unos ojos enormes, aunque apagados, y un pañuelo de pirata en la cabeza. No tenía pelo. Hablaba muy poco, sin embargo sonreía bastante. Estaba sentado al lado de su padre, quien le cortaba la carne en trozos y le daba de comer un poco de su sopa. La madre, sentada al otro lado de la mesa, no hablaba. Una expresión vacía y triste ahogaba sus ojos. Le intenté sonreír un par de veces, pero no conseguí respuesta. El niño estaba débil. Pálido. Sin embargo comía, aunque lento, casi cada trozo que le daba el padre.

Cuando llegó mi goulash, comencé a comerlo mientras observaba disimuladamente los movimientos de esta familia. Al poco rato, terminaron sus almuerzos y se dieron a la marcha. La madre le puso una mascarita protectora- de esas de papel para evitar gérmenes- en la cara al niño y cogidos de la mano, desaparecieron.

En ese momento sólo pude pensar una cosa. Ese niño me había impactado, pero mucho… Y de muchas maneras. Creo que finalmente logré digerir por completo la teoría del espejo de Kapuściński, quién decía que es sólo a través de los Otros que logramos entendernos a nosotros mismos. Es decir, los Otros, son un espejo viviente a través del cual se refleja nuestra propia identidad (miedos, alegrías, ansiedades, complejos…)

Los dejo con algo que dijo Oscar Wilde hace muchos años: “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”…

¡Qué disfruten su día!

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