Lo que son las culturas: Parte dos


Ayer por fin me mudé a mi nuevo apartamento, muy cálido y acogedor, dicho sea de paso. Estoy encantada y por fin puedo dejar atrás la etapa de viajera transitoria, para establecerme como residente en Breslavia por segunda ocasión. Comparto el piso con dos chicos jovencitos, estudiantes universitarios de primer año. De momento solo ha llegado uno, con quien he establecido muy poco contacto. No sé si será por timidez suya, o falta de interés, pero parece tratar de evitarme cada vez que nos cruzamos. Rara vez sonríe o comparte alguna palabra. Esta situación me ha hecho recordar algo que viví en Cuba hace algunas semanas. En esa ocasión viajaba desde Trinidad hacia la Habana via Santa Clara. En el carro íbamos mi madre de pasajera, un chófer cubano muy amigable y yo en el asiento de atrás, junto a una joven pareja noruega. Durante todo el camino, que duró aproximadamente seis horas, los escandinavos apenas pronunciaron palabra. El chófer intentaba establecer conversación, nos mostraba fotos de su familia en el móbil, nos contaba anécdotas y ellos todo el rato callados.

Siendo caribeñas mi madre y yo nos parece lo más normal del mundo entablar conversaciones, aunque sean superficiales, con aquellas personas que se cruzan en nuestro camino. Da igual si es en el supermercado, la calle, o en un carro. En caso de no tener tema se habla del clima u otras tonterías, que no era el caso estando en Cuba por primera vez donde hay tanto que se quiere preguntar, opinar, intercambiar. Sin embargo, con la pareja resultaba inútil y hasta incómodo establecer cualquier tipo de diálogo. Contestaban en monosílabos o se hacían los dormidos. Al encontrarse en tal situación, el chófer se tornó tenso, inconforme, dubitaba si hacía algo mal y hasta se preocupó de que no se encontraban a gusto sus pasajeros europeos. Seis horas en aquél carro se hicieron una eternidad en silencio absoluto. Los únicos que hablaban eran mi madre y el guía y yo en las pocas ocasiones que lograba escucharlos desde atrás. Mi madre y el chófer se reían a cada rato y parecían estar pasándola mucho mejor que nosotros en el asiento trasero.”¿Están bien?”, me preguntaba el chófer. “Es que no habla esta gente”, comentaba. “Sí, todo bien, es que son así, parece”, respondí yo sin más.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre las relaciones humanas, los intercambios entre personas, ya sean extraños o conocidos, y lo diferente que se producen estos encuentras en cada rincón del globo. Al cabo de dos años residiendo en Polonia ya he llegado a digerir el hecho de que por ejemplo no se le sonríe a los extraños. Ni en la calle, ni en el tramvía, ni en ninguna parte. Si no conoces a la persona, simplemente no le sonrías, ya que podría interpretarlo como que buscas algo o estás saludándola por conocerla previamente, algo que provocará mayor duda aún. El saludo, en el caso de que ocurra, también resulta muy diferente. Aún a estas alturas no sé si besar a la persona, darle la mano, o abrazarla, un gesto que es más común en esta tierra, aunque considero mucho más íntimo y hasta incómodo de cierta manera. Aún no logro acostumbrarme a los momentos de ese silencio incómodo, a la inclusión, al diálogo mínimo, a la falta de sonrisas en la calle, a esos abrazos tan cercanos, pero tan vacíos… Espero nunca perder esa expresividad tan exagerada, tan cálida, en ocasiones tan falsa, aunque tan propia del Caribe.

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