Silent Baba



Uno de los personajes más interesantes que conocí durante mi reciente estadía en India fue Silent Baba. Aunque ha transcurrido ya semana y media desde que regresé a Puerto Rico, la huella que dejó este ser humano en mí, aún perméa. Lo conocí una noche en un restaurante tailandés que quedaba cerca de nuestra residencia en Bhagsu (Himachal Pradesh, India). Estaba sentado en la mesa con nuestras maestras de la escuela de yoga. Una vez ellas cenaron y se marcharon, Silent Baba acaparó mi atención por completo. Primero por su colorida y atractivo atuendo. Vestía una camisa color oro con algunos residuos de escarcha, llevaba un sarón amarrado a la cintura que le llegaba casi a los tobillos, unos dreadlocks bicolores adornaban su cabeza y muchos collares, pulseras, sortijas y otra bisutería colgaba de sus muñecas, cuello y dedos. El primer contacto fue una sonrisa, ese gesto que no prescinde de traducción ni de gran justificación. Casi de inmediato, Baba se acercó a la mesa que compartía con una docena de amigos internacionales, quienes también hacían el curso de yoga conmigo.

Se me sentó al lado y haciendo diferentes sonidos y murmullos con la boca intentaba comunicarme algo. Me pareció raro que no hablara y de primera instancia solo supuse que era sordomudo. Rápido, al ver que no le entendía, agarró una servilleta del centro de la mesa, sacó su bolígrafo que siempre lleva en el bolsillo de su camisa, y se puso a escribir. “I am Silent Baba”, leía el mensaje. “I haven’t spoken a word in three years”.

Con una cara de aturdimiento me di cuenta que había errado en mi suposición inicial y que no padecía de ninguna aflicción de salud, sino que su silencio era por elección propia. Resulta que en el 2012, Silent Baba hizo un voto de silencio de doce años y se encontraba apenas a una tercera parte de su camino. A pesar de compartir mucho tiempo con Baba, nunca llegué a profundizar en muchos aspectos de su vida ni conocer su historia por completo. En cierto modo ese aire de desconocimiento y misticismo era precisamente lo que me atraía a este personaje.

En India, aún existe y perméa en cada aspecto de la vida cotidiana, el sistema de castas que divide por estratificación social a cada miembro del país en cinco grandes grupos: brahmanes (sacerdotes), chatrías (políticos), vaishias (comerciantes, artesanos y campesinos), shudrás (esclavos y obreros) y por último, parias/dalits que son los intocables (se consideran por debajo del sistema de castas y sufren de un discrimen atroz). Sin embargo, yo añadiría a este modelo tradicional, una nueva categoría: los sadhus u hombres sagrados, a quien comúnmente se les llama Baba.

Un sadhu es lo equivalente a un asceta hindú o monje que hace ciertos votos, entre ellos la penitencia, la austeridad y la pobreza, en un intento de obtener la iluminación. Los sadhus practicamente renuncian a todos los vínculos que les unen a lo terrenal o material y se dedican a la meditación. Por lo general, un sadhu vive dentro de la sociedad, pero intenta ignorar y alejarse de los placeres y dolores humanos. Imitan a su dios Shiva, el principal de los ascetas, se pintan tres rayas en la frente e intentan destruir las tres impurezas y debilidades humanas: egoísmo, deseo y maya, o ignorancia. Muchos como Silent Baba viven o pasan mucho tiempo en contacto con la naturaleza, en cuevas, bosques o templos. En la sociedad india los sadhus son altamente respetados e incluso venerados. Se les donan alimentos y otras necesidades con habitual frecuencia.

A Silent Baba no parecía que le faltara nada. Siempre sonreía, se comunicaba aunque fuera por medio de servilletas y tinta y, compartía con muchas personas, tanto locales como extranjeros. Todos le conocían. Le donaban siempre chai (té), tabaco y platos de comida. Sin embargo, un día me enteré que la historia de Silent Baba no fue siempre tan color de rosa. Parece que en el pasado era muy problemático, e incluso violento. A menudo se peleaba con las personas y buscaba conflicto. Un par de veces hasta lo botaron de lugares públicos y le impedían que regresara. ¿Habrá sido su voto de silencio una manera de auto-corregirse? ¿Habrá optado por el sigilo para silenciar esos impulsos? Son preguntas que nunca podré saber a ciencia cierta. Lo que sí me pone a pensar el caso de Silent Baba es sobre cómo nosotros en occidente lidiamos con nuestros conflictos, traumas y problemas personales. En lugar de buscar las soluciones dentro de nosotros mismos, acudimos siempre a “curas” externas. Nos medicamos con muchas pastillas, le pagamos a un psicólogo o consejero para que nos escuche, nos ahogamos en vicios y placeres: comer, beber, ir de compras, consumir drogas y escapar de los problemas.

De más está decir que en viajes a oriente, sobre todo a países como India, se aprende muchísimo, y más que nada, acerca de uno mismo. Si queremos obtener resultados diferentes y ver mejoras en nuestra salud física, mental y emocional, prescindimos hacer cambios en nuestros hábitos y rutinas. Alterar nuestra dieta, nuestro cuerpo y las relaciones que mantenemos con otros es el inicio de este proceso. Así mismo como hizo Silent Baba, optar por la mudez y silenciar nuestras mentes de distracciones externas es uno de esos caminos que encierran muchas soluciones a nuestra vida.

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