Tragicomedia


chente

Anoche presencié el peor show de comedia jamás antes visto. Nunca me había pasado tal cosa. Por lo general, me encantan los stand-ups y hasta los romantic comedies cliché de Adam Sandler, de vez en cuando no hacen daño. Si de comedia boricua se trata, a menudo también frecuento obras de Teatro Breve y me las gozo de rabo a cabo y, hasta su muerte, me reía con los monólogos del aclamado, Luis Raúl. Sin embargo, lo de anoche no es posible ubicarlo en la categoría de buena comedia, sino de bufonada.

Recién haber presentado y llenado a cabalidad su octava función en el Teatro Tapia del Viejo San Juan, el show de Chente Ydrach tenía buena pinta y parecía prometedor. Había escuchado uno que otro podcast de su muy popular programa, Masacote y la verdad es que me llamó la atención su estilo. En conversación con la Lcda. Alexandra Lúgaro, por ejemplo, a pesar de estar medio perdido y no representar para nada a un locutor preparado y orientado a obtener cierta información de sus entrevistados, me hizo reír un montón. Su tono relajado, coloquial y tan calle, aproxima a los entrevistados al oyente y crea un ambiente de confort y familiaridad. Me producían carcajadas sus ocasionales coños y su honestidad le agrega un valor singular a muchas otras entrevistas que se transmiten por radio. Sin embargo, lo de anoche, de ninguna manera fue lo que me imaginaba, ni mucho menos parecido a la opinión positiva que tenía acerca del Chente de Masacote.

A las 7:00pm hizo eco la tercera llamada y un par de minutos después, se encendió el foco principal en tarima. La voz en off de Chente presentó a un personaje que parecía ser un amigo suyo. El treinticincoañero de afro asimétrico, tenis coloridas y camisa estrujada, rápido agarró el micrófono. Ansiosa por escuchar cómo comenzaría el show, le dirigí toda mi atención. En menos de dos minutos había dicho que su mujer era una gran puta, que  tenía sexo con todos, mientras que el no había “chichao en seis meses”. Acto seguido escuché una ola de carcajadas de parte del público, formado en su mayoría por adolescentes y prepas universitarios, salvo uno o dos malubicados, en cuyo grupo, me incluía.

Continué concentrada esperando que en algún momento el catchline del “comediante” yaucano me sacara al menos una risita, y… nada. Lo único que escuchaba eran groserías sin ningún tipo de estructura ni lógica y muchas repeticiones de: “tetas”, “bicho”, “mamar”, “chichar”. Después, a la vez que iba desabotonándose la camisa (para probar no sé qué cosa) y revelando sus chichos y pecho poco atractivo, producía ruidos sexuales en el micrófono. En un momento dado fingió ser, lo que creo, era un tecato muy drogado. Esperando que se produjera el momento en el que el tipo mostrara indicios de seguir algún tipo de guión o storyline, creatividad u originalidad- lo único que pude percibir fue una historia vergonzosa sobre cómo sus papás nunca chicharon bien.

En ese momento, desesperada, decidí textear a una amiga. No podía comprender cómo todo aquel montón de personas continuaba riéndose de semejante tontería y falta de tacto y prudencia a un nivel herculiano. Me respondió ella diciendo que tuviera paciencia, pues el show de Chente, según la opinión popular, era muy bueno. Decidí hacerle caso y al rato, subió a la tarima la estrella de la noche, con su típico atuendo: gorra de trockero, pelo largo ondulado, suéter bicolor y mahones. Desafortunadamente, a pesar de mi paciencia, poco cambió. Aquello no era un stand-up, sino una tragicomedia. Imposible imaginar que alguien fuera capaz de redactar un guión de semejante atrocidad sin sentido, sin lógica, sin historias que contar ni ironía contagiosa. Lo único que escuchaba era una gritería indescifrable que a menudo soltaba groserías al aire de la mano de un “cabrón mamabicho” o un “puñeta”.

Sin embargo, antes de decidir por fin levantarme de aquella silla y abandonar tan bonito Teatro, me inundó una enorme sensación de desilusión, incluso tristeza. Tristeza por pensar que hoy en día se cree que por subir a un escenario y gritar anormalidades incoherentes en un micrófono, la gente se reirá. Que el público es tan poquita cosa que con que sueltes una cadena de malas palabras, seas super dramático y hables en un tono ensordecedor de voz, podrás incluso convertirte en celebridad. Tristeza porque me imaginé que si las paredes del Teatro Tapia fueran humanas, temblarían de asco y pena por haber presenciado en ocho ocasiones tal glorificación del inculto.

Siempre consideré que el humor es un indicio del nivel de intelecto de una persona. No todo el mundo es capaz de entender los doble sentidos, el juego de palabras, los chistes internos, o o el sarcasmo. Producir humor requiere de talento, de ingenio, de creatividad. Lo que presencié hoy fue un insulto a todo eso. Esa misma pena me hizo pensar que el grado de intelecto de todos esos chicos que se encontraban en la sala se limita a hablar de “yales, putas de la 15 con cojones, y cómo chichan tus papás”. ¿En serio que con esa porquería se conforman y revuelcan en los asientos?

Así mismo, cogí mi cartera, me di media vuelta y decidí que no sería una espectadora más de aquella tragicomedia. Decidí invertir los próximo quince dólares en comprar dos mojitos para mí y mi acompañante para quitarnos tan mal sabor de la boca. Y fue la mejor idea que pude haber tenido.

 

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