Marciana


marciano

Dicen que la rabia, el desamor, la frustración y otras emociones de exagerada pasión son fuente de inspiración para muchos artistas, quienes encuentran en esos sentimientos encontrados, una musa que les permite crear. En mi caso, no creo arte en el sentido mero de la palabra, sino que escribo viñetas de la realidad que observo y que me exorciza lo suficiente como para no poder ignorarla. Vamos a hablar claro, me siento como una marciana en mi propio país.

Esta mañana en una panadería de Arecibo, en un esfuerzo por ordenar un sandwich que no llevara carne, me topé con una misión casi imposible. No tengo nada en contra de los carnívoros, ya que también he consumido carne durante muchísimos años de mi vida. Sin embargo, en mi nueva etapa de vegetariana (dejé de comer carne durante 10 años hasta el 2010 y ahora he retomado este estilo de vida), he llegado a la conclusión de que adoptar esta dieta va en contra de la puertorriqueñidad. Ser vegetariano, sobre todo fuera del área metro de la isla, equivale a ser marciano. Esta mañana tuve que repetir mi orden cuatro veces, puesto que la cajera no lograba entender que debía excluir la opción de jamón que aparece en la pantalla de la computadora.

-“Deja ponerlo bajo tostada, mejor”, me dijo en un inicio. Luego, al intentar ubicar mi emparedado bajo dicha categoría, tampoco logró excluir el dichoso trozo de carne.

-“¿Cómo hago para quitarle el jamón”, le preguntó la cajera a su compañera.

-“Llámate al manager para preguntarle, porque nunca he tenido que hacer eso”, le contestó.

No existe categoría para los no-carnívoros en esta isla, ni tampoco para los emparedados que no contienen carne. En el cuarto intento por ordenar mi sandwich y a punto de rendirme- decidí tener paciencia.

-“¿Sin jamón, verdad?”, me volvió a cuestionar la cajera.

-“Sí”, le contesté. “Pero,  ¿quieres pastrami o pavo mejor?”, me volvió a preguntar.

-“Lo quiero sin carne, por favor”, le contesté, ya evidentemente molesta.

A menudo me parece que vivo en un circo en el que la orden del día son personas que no se alimentan sanamente, ni saben vestirse de un modo decente y de acuerdo a su cuerpo, ni tampoco muestran saber comportarse civilmente. Hablan en tonos altos de voz y decoran cada oración con un “mi amor, mi cielo, mama, mamita”. Muchos solo conocen opciones alimentarias que incluyen combos agrandados con papas fritas en aceite animal, refrescos anormalmente enormes con derecho a refill, azúcar en sus mil y una representaciones y ni hablar del consumo de frutas y vegetales, que queda terminantemente excluído del plato.

Personas que procuran un estilo de vida saludable o alterno a la norma, conforman un grupo minoritario en este circo. Casi a diario me encuentro ante personas que al ver mis opciones para el almuerzo, me formulan preguntas como: “¿estás a dieta?”, “no rebajes más porque te vas a desaparecer” o, “¿de qué tu padeces? “. Mi padecimiento es querer ser saludable; punto y se acabó. Hago lo que funciona para mí y no pretendo que sea la norma para todos, pero lo que sí me hierve la sangre es sentirme como una marciana constantemente. La noción de la medicina preventiva o de estilos de vida alternativos queda constantemente excluído de la norma o de lo que se establece como normal en este país.

Ante este panorama, me enfrento a la disyuntiva: ¿realmente estaré pidiendo demasiado o seré yo la que en realidad tenga que modificarme? ¿Cómo hago para sentirme parte de esta sociedad sin cambiar mis valores o poner en juego mi salud?

No comer carne o elegir decisiones alimentarias saludables equivale, muy lamentablemente, a ser extraterrestre en esta isla. Me preocupa sobremanera la dejadez y la baja autoestima que padecemos como pueblo. No es de sorprendernos pues, que los hospitales, los CDT y las clínicas mentales o psicológicas se desbordan a diario con multitudes de pacientes y padecimientos crónicos. Tampoco nos debe alertar que ya a los veinte años, existan personas que padecen de condiciones severas como resultado de sus malas decisiones y estilos de vida corrosivos. Que niños sufran de diabetes, que no hayan comido nunca vegetales y peor de todo, que tampoco tengan dónde recurrir a obtener educación sobre esto.

En una sociedad en la que esto sea lo esperado, lo aceptado y el diferente, el que no sigue las normas e intenta vivir su vida de modo alternativo, procurando la salud, queda excluído, ¿qué podemos esperar?

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