A treinta años del desastre de Chernóbil


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En dos días se cumplirán treinta años desde que ocurrió la explosión que personificó el más catastrófico desastre nuclear en la historia del mundo. Aquél 26 de abril de 1986 a tres kilómetros del pueblo de Prypiat – hoy día Ucrania- ocurrió un gravísimo accidente. En la central nuclear Vladimir Ilich Lenin se realizaba una prueba para simular un corte eléctrico y, de manera inesperada, uno de los reactores se sobrecalentó a tal nivel que se produjo una enorme explosión de hidrógeno acumulado en el interior.

Un cóctel mortal de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, grafito y otros materiales tóxicos y radioactivos fueron expulsados al aire. El desastre de Chernóbil causó la muerte de 31 personas y la evacuación forzosa por parte del gobierno soviético de otras 116,000 en el territorio que abarca al menos trece países europeos. Las naciones más afectadas fueron Ucrania, Bielorrusia, Rusia y Polonia. El daño se estima que fue 500 veces mayor que el resultado de la bomba atómica de Hiroshima en 1945.

Las muertes por el accidente ocurrieron, en su mayoría, de manera paulatina. Solo dos hombres perdieron la vida de modo instantáneo a las 2 de la mañana cuando ocurrió la explosión; otros treinta cayeron meses después y más de 600,000 recibieron dosis de radiación que desmejoró no solo su salud, sino también la de sus hijos que han nacido muchos años más tarde. En el año 2000 tras prolongadas negociaciones el gobierno ucraniano cerró la planta definitivamente. Prypiat, aquella ciudad que en los ochenta aguardaba muchas esperanzas para los obreros desplazados del campo a la ciudad para trabajar en la central Lenin, es hoy día un pueblo fantasma.

Muchos de los países de Europa central y oriental comparten una extraña y distante sensación de vacío, desolación y los efectos desastrozos y sangrientos del pasado. Durante los crueles meses de invierno se pronuncia más esta energía. Es difícil explicar con palabras lo que viven los eslávicos y rusos día a día viniendo de una cultura tan radicalmente diferente. La barroca, cálida y colorida Latinoamérica representa la antítesis de la cotidianidad polaca, rusa o ucraniana.

¿Será por eso que no aparece ni rastro del accidente nuclear de Chernóbil en la prensa local? Algunos culpan el insularismo o la falta de independencia o identidad para justificar esa idea perenne de asumir que somos el ombligo del mundo. Continuamos enfatizando los acontecimientos próximos como si fueran los únicos que se producen en el mundo y cuando sí se hace alguna mención internacional, pocas veces se intenta conectar el micro de nuestra realidad con el macro de lo global.

Según el cronista argentino Martín Caparrós, “Tanto los latinoamericanos como los españoles escribimos más sobre lo nacional, lo local, pero no sobre lo global. Dejamos lo global a los ingleses, a los americanos, a los alemanes, a los franceses; que ellos piensen el mundo, nosotros vamos a pensar nuestro lugarcito y a mí no me parece que haya una buena razón para eso”.

A treinta años del desastre de Chernóbil aún se sienten los efectos. Muchos de aquellos niños ucranianos que como yo nacieron en los ochenta, hoy han procreado crías que también han sufrido los efectos de la radiación. Muchos nacen con deformaciones físicas, cardiovasculares o neurológicas por haber ingerido alimentos contaminados o simplemente por haber sido expuestos a la nube mortal de químicos que fue expulsada al aire hace treinta años.

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¿Hasta cuando continuaremos creyendo que lo relevante es solo lo que ocurre a nuestro entorno o los aislados casos que enfatizan los medios? Propongo cambiar la mirada y dejar de pensar que Puerto Rico o el país que sea, es el ombligo del mundo. Para lograr comprender mejor los sucesos que se producen tanto en nuestro entorno como en el mapamundi es imprescindible conectar el micro local con el macro global. Si los medios locales no aportan esa mirada más analítica y profunda, nos toca entonces acudir a otras fuentes. Y esta no es solo tarea de los periodistas, sino de todos los ciudadanos responsables y concientes.

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