Tú no eres boricua na’


Ayer, por la primera vez en treinta y cuatro años de vida, mi puertorriqueñidad fue retada. Ante la insistencia de un nuyorican en el Puerto Rican Day Parade que se celebra cada verano en Nueva York, me encontré con la complicada e intimidante disyuntiva de tener que probar mi identidad cultural. En la psicología le llaman proyección cuando una persona expone y revela a otros sus propios prejuicios y sentimientos encontrados. Como cuando una persona muy gorda te dice que debes bajar de peso o que te ves mal con x ó y vestido porque te acentúa las libras de más.

En el caso de los boricuas en la diáspora- muchos de los cuales hablan un español chispoteado o no pronuncian palabra alguna en esta lengua- el tema de la identidad es algo que se debe probar ante la sociedad, ante otros boricuas y más que nada, ante sí mismos. Batallan a diario con la auto-identificación y la reafirmación de identidad entre los espacios y los grupos con los que coexisten. Por no ser ni de aquí ni de allá en su enteridad, muchos sienten la necesidad de competir por quién es más boricua que quién.

-“¡Viva Puerto Rico!”, gritó una mujer cincuentona tras el paso de una carroza decorada de brillo azul, rojo y blanco entre las Avenidas Lexington y Quinta de Manhattan.

– “¡Libre!”, exclamé yo al cabo de su intervención.

– “¿Libre lo quieres tú?”, añadió como cogiéndome pena, antes de taparse la frente con la mano.

– “Yo también lo quiero libre”, interrumpió quien pareciera el hijo o sobrino de la mujer: un hombre puertorriqueño que se trasladó al Barrio, o Spanish Harlem, en los ochenta y hoy día viste de cadenas, mahones abombachados y camiseta sin mangas.

-“A mí me gusta Pedro Albizu Campos”, añadió.

Y lo que a primera instancia aparentó ser una conversación sana, amigable y sensata, de repente se tornó muy retante y pasiva-agresiva.

-“Tú no eres boricua na'”, me dice el hombre girándose y mirándome de reojo.

-“Sí soy”, le contesté ingenuamente.

Paso seguido inició una conversación muy rara e intimidante. Entre múltiple banderas, parafernalia y simbología cliché de la puertorriqueñidad en la diáspora (güiros, coquíes y arte taíno), me encontré en el mismo medio de una lucha de identidad con implicaciones y connotaciones muy profundas.

-Si eres boricua de verdad, ¿cuál es el pueblo del café?”, me dijo en un tono retante.

Antes de contestar, me vinieron a la mente una lista de al menos cuatro: Maricao, Yauco, Adjuntas, Lares…

-“Ves que tu no eres boricua na'”, respondió.

– “Y Pedro Albizu Campos, ¿nació en Lares?”, continuó.

-“No”, le contesté, aunque desconocía hasta ese momento su verdadera ciudad de nacimiento.

-“¿Y dónde nació entonces?”, me dijo con una sonrisa burlona entre dientes.

Los dos segundos de silencio fueron suficientes para que me amenazara nuevamente con un: Tú no eres boricua na’.

Y con esto estaba más que claro que aquella conversación no terminaría bien, por lo que decidí marcharme antes de que me hirviera la sangre, se me acabara la paciencia con aquel hombre y le mostrara la “verdadera puertorriqueñidad” que esperaba de mí. Faltaba que me convirtiera en una yal, le mostrara un tatuaje enorme de la bandera boricua en el pecho o le saliera de atrás pa’ lante con una cafrería para que me dejara en paz.

Me retiré de aquel lugar con un sabor amargo en la boca. Aquello no era sinónimo de unión, orgullo o solidaridad con los hermanos, sino una prueba de una identidad artificial y estereotipada. ¿Conocer el lugar de nacimiento de Albizu Campos te hace más o menos boricua que alguien que lo desconoce? ¿Es ese el verdadero criterio?

En estos momentos en que vivimos, como puertorriqueños dentro y fuera de la isla, somos eje de tanto discrimen, tanta violencia y tantas muestras de odio por ser “el otro”. Sin embargo, continuamos siendo atacados por nosotros mismos. El boricua tiene un enemigo muy grande y muy poderoso: sí mismo.

¿Qué significa en realidad ser boricua? ¿Ponerte una camisa de la bandera, subir a todo volumen el reguetón en el radio de tu carro, conocer el lugar donde nacieron líderes nacionalistas, vivir o no vivir en la isla, rajar la palma o la pava, bailar salsa o hip hop, hablar español con o sin acento?

En todo caso, ¿quién establece los criterios? Si cuatro millones de puertorriqueños viven en la isla y una mayor cantidad en la diáspora, no debe ser asombroso comprender y aceptar que cada quien ha asimilado su bagaje cultural de un modo diverso y las influencias de la cultura predominante en nuestro entorno juegan un papel significativo en la confección de nuestra identidad tanto individual como colectiva.

Sueño con el día en que podamos ser tolerantes con el otro y con nosotros mismos y dejemos atrás los complejos, las inseguridades y la necesidad de competir y sentirnos más o menos que nuestros hermanos.

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