Babilla



Mis estudiantes me dicen que tengo babilla porque he venido sola a China y estoy haciendo un viaje fuera de lo común: sin guía ni excursión organizada y, hospedándome en casas locales a través de Airbnb. A pesar de que en el mundo- sobre todo en Europa y países como Australia o Canadá- es común observar viajeros que se trasladan de un lugar a otro con mochila sobre sus espaldas, toman el transporte local y van ajustados en cuanto a presupuesto se refiere, en Puerto Rico esto supone una anomalía. Mucha gente vive temerosa y evita situaciones fuera del ‘comfort zone’, sobre todo en el extranjero.

Recuerdo cuando comencé a insertarme en el mundo de Couchsurfing y de viajes hace dieciséis años, que muchos colegas juraban que había perdido la mente o que era demasiado aventurera y arriesgada. Ignoro si esta actitud es un reflejo de la inestabilidad y poca seguridad que se vive en la Isla, o si es el resultado de la falta de exposición de estas personas. De todos modos, considero que si siempre nos preocupamos por el posible daño o peligro que podríamos incursionar en la vida, desde luego nos limitamos a un mundo de posibilidades y experiencias.

No podría imaginarme nunca viajar de otro modo. Los tours organizados nos adentran a un mundo irreal, una burbuja donde todo es seguro y poco es auténtico. Se va siempre de prisa, el tiempo está fríamente calculado y el contacto local es nulo- aparte de un guía que habla la lengua materna de uno. Comprendo que las personas mayores no podrían viajar de otro modo, o los discapacitados- pero en el caso de los jóvenes sanos, no me hace sentido.

Viajar solo y con presupuesto limitado es el mejor regalo que cualquier joven puede hacerse. Es asequible en términos de costo, te permite ser solidario -con otros y con uno mismo- y es la mejor manera de crecer, observar, encarnar otras realidades y también aumentar la consciencia, la tolerancia y el entendimiento con los otros. Como decía Kapuściński- un viajero empedernido- “a través de ‘los otros’, me conozco mejor a mí mismo”.

Hay que tener babilla, de eso no hay duda. Y es precisamente esa babilla la que te hace consciente de la enorme vulnerabilidad a la que te sometes cuando viajas solo por el mundo. Si a eso le añades una gran barrera lingüística y cultural-como es el caso de China-, pues el auto-crecimiento va en aumento. Cuando estás solo y nada te es familiar, las alegrías son cuarenta veces más eufóricas y las frustraciones, la soledad y la tristeza- también. Cada emoción se exalta y no es hasta que te sientas a digerir cada momento, que te das cuenta de lo enriquecedor que es encarnar este tipo de experiencias.

Algunos me han dicho que “tengo suerte” o mucho dinero para darme este tipo de “lujo”, cuando en realidad ni de lujo ni de suerte se trata esto- sino de un modo de vida, de establecer otro tipo de prioridad.

Sin babilla es difícil obtener semejante grado de humanización como resultado de estos viajes y experiencias. La babilla te permite aceptar la debilidad de la condición humana.

Saber que si te montas en un tren y al cabo de treinta minutos te das cuenta de que vas en dirección opuesta y no sabes donde estás, poco puedes hacer por no poder comunicarte. La babilla te ayuda aceptar que a veces pasarás hambre, frío o soledad por ser el otro entre tantos otros- y que está bien, por que al cabo del día, encontrarás una salida, un ángel que te ayude y que la recompensa personal no tendrá precio.

Gracias a esa babilla soy quien soy, he recogido el bagaje cultural que cargo y no lo cambiaría por nada en el mundo.

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