Crónica de una motora vietnamita


La solución al tema del transporte y el deseo de saciar una aventura cuando se viaja por el sureste de Asia se encuentra a solo un clic. Se llama Grab y más que proveer un ecosistema empresarial colaborativo en Vietnam-similar a Uber y Airbnb- para viajeros representa también un enorme alivio. Primero para el bolsillo y segundo para asegurarte de que llegarás del punto A al B de un modo seguro, confiable y que no serás víctima de una barrera lingüística o una estafa, cosa que es muy común cuando se viaja a países en vías de desarrollo.

La ciudad de Ho Chi Minh- capital de Vietnam y antigua Saigón- alberga más de 8 millones de personas, una cantidad que no parece exorbitante al compararse con otras urbes en Asia. Sin embargo, se considera una de las más densas y, cuando a esto le añades la enorme cantidad de motocicletas que se desplazan de un lado a otro por la ciudad como arterias- la metrópoli se transforma en una impenetrable e indescifrable telaraña de bocinazos, cascos, taxis, llantas y vehículos sobre ruedas. Cruzar de un lado a otro en la calle es misión casi imposible; intentar detener un taxi, incluso peor.

Tras pasar día y medio en Saigón descargué la aplicación Grab en mi iPhone por recomendación de mi anfitriona en esta ciudad. Entre medio de WhatsApp y Messenger hallé un nuevo logo de fondo blanco y letras verdes: GRAB. Una vez fui localizada en la dirección de mi Airbnb, introduje mi destino. Al cabo de unos segundos aparecieron seis opciones al fondo de la página que incluían una muy atractiva y no-disponible en Uber: “Grab a bike”. Pulsé nuevamente para confirmar el pedido y tras unos instantes, arribó a la puerta de mi hospedaje un hombre canoso de tercera edad sobre una motora. Sin intercambiar ninguna palabra aparte de “Hello”, me entregó un casco y en un abrir y cerrar de ojos me encontré en la parte trasera de su moto con la brisa torciéndome el pelo y una enorme sonrisa de oreja a oreja.

Hay pocas cosas en la vida que me gustan más que viajar en moto, y en Saigón la adrenalina sobre dos ruedas se intensifica. Cada esquina o rotonda que debe cruzarse representa un desafío. Las reglas en la carretera en Vietnam son indescifrables e incomprensibles para un extranjero, quien ve solo caos y desorden. Dentro de esa anarquía callejera existe sin embargo, una paz que solo puede respirarse al encontrarse en el mismo medio de todo.

Me agarro suavemente del mango de la moto y observo mi alrededor. Carteles soviéticos de colores subidos me rodean. El rojo parece ser el favorito de este país, seguido del amarillo u oro- los tonos de la bandera. El rostro de Ho Chi Minh- quien es venerado casi como un dios por los vietnamitas- aparece en casi toda la propaganda. Dibujos de obreros, campesinos y niños le rodean.

A mi derecha yace una pagoda. Estatuas del buda indio descansan al lado de altares con caractéres chinos, incienso ardiente e imágenes de otras deidades que desconozco. Sincretismo en su esplendor es el Cao Daísmo: una popular fusión religiosa de este y oeste, nacida en la Vietnam del siglo XX que refleja elementos dispares del Budismo, Confucionismo, Taoísmo, Cristianismo, el Islám y también la espiritualidad animista. Los seguidores de esta fe persiguen escapar del ciclo de la reencarnación tras una vida ordenada, justa y equilibrada.

El sincretismo es la orden del día en Vietnam y puede observarse en cada elemento de la cultura: la religión, la espiritualidad, la vestimenta, la música, los rituales y también, la comida.

El conductor de la moto se detiene ante la luz roja. Son las ocho de la mañana y hay un tráfico pesado a esta hora en Saigón. A nuestro costado se encuentran cientos de conductores más. Todos llevan casco y la mayoría mascarillas de papel para protegerse de la contaminación. Las mujeres vietnamitas odian el sol. Tapan cada milímetro de sus cuerpos con telas, abrigos, guantes y varias capas para prevenir tostarse por los rayos. Una piel blanca de porcelana es sinónimo de belleza, riqueza y del ideal occidental y, por el contrario, un rostro curtido representa para ellas, pobreza y ruralidad. Cuando van sobre sus motos tapadas por tanta tela parecen ninjas. Solo pienso en el calor que deben sentir bajo este sol de cien grados.

Niños duermen al volante, empresarios enchaquetados van de camino al trabajo, obreros cargan cajas y mercancía. Hombres y mujeres, pobres y ricos, jóvenes y ancianos- todos viajan sobre dos ruedas. No es de sorprenderse que la ciudad de Ho Chi Minh sea también la ciudad de las motoras.

Cambia el semáforo y se escucha el encendido de las motos nuevamente. Todas al unísono crean el eco de una gran ciudad donde se combina la modernidad con la antigüedad, este con oeste. Pasamos mercadillos, kioskos callejeros que venden baguettes- el legado francés de esta ex colonia-, bancos y cajeros automáticos, mujeres con sombreros de pirámide que cargan frutas y otros productos comestibles sobre sus frágiles hombros. Otros aprovechan sus bicis para transportar cualquier cosa que pueda venderse en el mercado.

 

Damos otro giro al lado derecho y tras media hora de viaje, hemos arribado al destino. Se detiene la moto en una esquina. Sumerjo mi mano en mi bolsillo, saco 30,000 dong dobladitos -lo equivalente a un dólar y medio- y se lo entrego al conductor junto al casco. Ha sido un verdadero placer hacer negocio con usted, pienso.

Y con una sonrisa y un Càm’ on -gracias en su lengua- me despido del hombre, antes de desaparecer de nuevo entre la densidad pasivo-caótica de esta ciudad sobre ruedas.

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