El tiempo que pesa



Una nube de plomo se mueve a la velocidad de una tortuga, siempre recta y en dirección a sus compañeras. Se comprime para aguantarse los deseos de explotar. Lleva así unos cuatro días y por sentirse tan asfixiada, hace el ejercicio de comprimir y luego suprimir muy delicadamente. Tiene miedo de soltarlo todo de un golpe y causar devastación, por tanto, como instincto, se inhibe.

En un instante suelta más de lo esperado y ante la imposibilidad de continuar soportando el peso que la ha ido llenando todos estos días, expulsa una rabiosa y ansiada tempestad.

Alrededor, todo queda atónito, empapado, desgarrado, pues aunque no es misterio que solo hace falta una gota para colmar la copa, pocos se imaginaron un furioso diluvio como aquel.

La necesidad de expulsar no es únicamente propia de las nubes. A veces urge soltar y dejar ir materia que pesa en nuestro interior y que poco a poco nos agujerea el alma o nos pesa como un matrimonio mal llevado.  Los fantasmas de las amistades de antaño, las presiones (muchas auto impuestas) por querer cumplir con las exigencias del día de la mejor manera, combatir contra un sistema inefectivo que enferma a cualquiera, la ira, la frustración y las expectativas que nunca se apartan.

Hacerse creer que no hace falta expulsar y que con almacenarlo todo se resuelve, es el mayor engaño. Por querer cumplir con todos y con todo no hacemos más que lacerar nuestro alrededor, incluyéndonos. Cada uno se encierra en su óptica, su percepción de la “realidad”, incapaz de adoptar otro modo. Insistimos en que esa imagen auto creada es la única real, la auténtica, la válida.

La clave está en hacer que las expulsiones necesarias no lastimen ni se salgan de proporción. ¿No sirve; no cumple; hace más daño que bien? Expúlsalo. No mires atrás. Lo tóxico debe expulsarse.

La lluvia puede ser muy agradable si es en proporción, pero puede también ser ácida y una vez moja, te empapa no solo a ti, sino a todo lo que rodea. Y las laceraciones que se producen como consecuencia, tardan, en el mejor de los casos, toda una vida en sanar.

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