Crónica de una devastación llamada María


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I.
Hace cinco días, Puerto Rico, tal como lo conocíamos, ha desaparecido. El huracán María, único y sin precedentes en su categoría azotó despiadadamente a la isla y transformó por completa su fisionomía. No queda nada de lo que fue, solo el recuerdo y una nueva realidad que hoy se respira con gran dificultad. En la madrugada del pasado miércoles, alrededor de las cinco de la mañana, se comenzaron a sentir las desenfrenadas ráfagas de viento. Por las ventanas se escuchaba un atroz rugido que intentaba penetrar por los pequeños agujeros que quedaron al descubierto. Con cada azote de viento huracanado aumentaba aquel rugir que parecía más que nada el llamado de una bruja. La bruja no me permitió cerrar un ojo toda la noche. Tan pronto caí en un sueño liviano, ahí iba ella de nuevo a hacerse escuchar. Intensificaba el tono de su quejido y de un perturbador murmuro que iba aumentando con cada minuto. En los hogares que sí logró destronar y arrancar puertas y ventanas- que fueron cientos, miles- la bruja se apuntaba un punto de victoria. Mientras no lo lograba, tampoco frenaba en su intento por derrumbar y arrastrar todo lo que se topaba en el camino. El huracán María ha representado el golpe más fuerte para este país ya hundido en una profunda crisis. En la historia moderna de Puerto Rico jamás se ha sentido el efecto tan devastador de un fenómeno natural como este. Tardaremos años largos en reconstruir lo poco que nos ha dejado María.

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II.
Entre las seis y ocho de la mañana María atacó con enorme furia. La Pachamama se manifestó en esta ocasión de una forma muy maquiavélica. Llamaba por las ventanas y por debajo de las puertas. Desgarró tejados, techos de cínc, casas de madera y dejó a cientos de personas sin nada y despojadas de todo. A los árboles que pudo, los arrancó desde la raíz, dejándolos caer inofensivos en el medio de las vías, encima de las casas y estorbando avenidas principales. Las ramas y troncos salieron volando por los aires, los tendidos eléctricos se tumbaron al suelo y cualquier otro objeto desatendido se convirtió en pocos segundos en un peligro proyectil. A las ráfagas desgarradoras se añadieron hasta 25 pulgadas de lluvia. Se inundaron los hogares, los centros comerciales y los aparcamientos quedaron ahogados en agua. Tantas otras personas no pudieron sacar sus vehículos o salir de zonas que se hundieron por completo. Los que lo perdieron todo tuvieron que subirse a los techos de sus casas a la espera de que llegaran los rescatistas a devolverle las esperanzas de vida. Muchos actuaron caprichosamente y no quisieron abandonar sus hogares e irse a los refugios establecidos por el gobierno. Otros que sí se desplazaron fueron sorprendidos por la fuerza de las ráfagas que incluso llegaron a volar el techo del Roberto Clemente, albergue para miles de refugiados de todo San Juan.

III.
María me cogió en la cama con medio ojo abierto y otro medio cerrado. Por más que intenté forzar el sueño y desaparecer entre las sábanas, el gemido ensordado de la bruja no me lo permitió. Me corría el temor y la impotencia por las venas. Recé porque se alejara y nos dejara en paz, pero aquello duró largas horas. No sé cuántas, pues parecía solo empeorar con el tiempo. En un cierto momento me levanté de la alcoba para observar el efecto de los vientos. Las puertas corredizas en cristal que dividen la residencia del balcón, rugían fuertemente. No pude contener el llanto. Lo único que me cruzaba por la mente era la noción de que si esos vientos continuaban o aumentaban en fuerza, poco faltaría para que explotaran y perderlo todo. La bruja, una vez más, se hacía notar e intimidaba con entrar en cada uno de nuestros hogares. A estas alturas, el balcón ya se había inundado y unas pocas plantas y tiestos que no habían sido sacados a tiempo se bañaban en las aguas de María. Una neverita de foam bailaba y volaba por los vientos. El sonido de los troncos partiéndose en dos, tres, diez pedazos acaparaban los sentidos. El grueso bosque que una vez arropó toda la parte trasera del apartamento desaparecía con cada segundo. Volaban las verjas que una vez dividieron las residencias. Tras su paso, María dejaría atrás a una isla de ricos y pobres- todos desamparados y pasando por grandes necesidades y carencias. Las diferencias de raza y clase social se iban aniquilando con cada ráfaga. Y con cada árbol tumbado, la isla se deforestaba aún más.

IV.
Quinto día sin luz, agua, conexión a internet y telefonía en toda la isla. Los que cargan con suerte son los clientes de AT&T que en rincones contados con los dedos de la mano consiguen señal desde su celular. La cantidad de personas que no han tenido contacto con sus familiares y conocidos desde el desastre parecen aumentar cada día. Hasta ahora solo se cogía la señal de una emisora radial que dedica sus programas al público histérico que llama, en su mayoría desde la diáspora, pidiendo saber de sus seres queridos. Algunos lloran, otros ruegan a los periodistas y locutores que les informen el estado del pueblo de sus parientes. Las telecomunicaciones han colapsado y no existe ningún rincón de Puerto Rico que no haya sido impactado severamente por el fantasma de María. Conectarse a las redes sociales parece una banalidad del ayer. Tomarse un refresco frío también. Incluso darme un buen baño es algo que he dejado de ansiar porque mientras más lo pienso, más asimilo que pasarán muchos días en que logremos tener la dicha de ver ese preciado líquido salir de los grifos de nuestros hogares. Hoy, entre algunos miembros de la comunidad sacamos toda la basura, escombros y desperdicios que quedaron tras el paso de María. Por cuestiones de salud todas esas bolsas de desperdicios se habían convertido en una amenaza. A pesar de los esfuerzos, es imposible no sentirse desamparados con el estado de esta nueva normalidad. En estos momentos el sentido de comunidad cobra mayor importancia que nunca antes. Es menester unirnos.

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V.
Puerto Rico jamás ha pasado necesidad como esta. Las ayudas federales han estados siempre disponibles y al alcance de quien las solicita. Tanto así que hemos generado una cultura de mantengo incapaz de enrollarse las mangas y hacer algo por cuenta propia. Nos lo han dado todo y la realidad es que aquí pocos pasan hambre o desdicha. Todo eso, hasta ahora. María ha alterado el estado natural de las cosas y ahora, al quinto día, la gente no ha tenido otra opción que hacer largas filas para abastecer necesidades tan básicas como obtener agua, hielo, gasolina y diésel. Estos cuatro productos se han convertido en los más preciados para hacer funcionar los hogares y lograr calmar los nervios ante este desastre que nos ha dejado con muchas preguntas y pocas respuestas. El gobernador expresó ayer en conferencia de prensa que logramos escuchar por la única emisora de radio, que hoy día llegarían a la isla vagones con artículos de primera necesidad desde Estados Unidos y que en el fin de semana estarían rondando toda la isla en helicóptero para medir los daños ocasionados. La mayoría de los alcaldes, al igual que los ciudadanos, se encuentran incomunicados por el colapso del sistema de telecomunicaciones. La gente no sabe de sus familias, desconoce si han podido salvarse y cuándo volverán a comunicarse. La avalancha de incertidumbre aumenta con cada atardecer.

VI.
Los negocios que han abierto durante estos cinco días pueden contarse con los dedos de la mano. La mayoría no ha podido abrir sus puertas al público por dos motivos: o han sufrido graves daños de infraestructura que se los impide, o se han quedado sin diésel para alimentar sus generadores eléctricos. Las filas en las gasolineras son kilométricas. Algunos cuentan que se levantan antes de las 6 de la mañana, esperan hasta cuatro horas y cuando llegan al inicio de la cola se les anuncia que no queda abastecimiento o que solo pueden llenar el tanque con $5. Ya se han reportado peleas entre individuos descontrolados por este asunto. Hace cinco días se nos impuso además un toque de queda que dura doce horas diarias: de 6 a 6. Esto para evitar los atracos que han acontecido con encapuchados que penetran en urbanizaciones adineradas a robar generadores, cisternas y otros artículos de interés. Además, el intento por controlar el movimiento de personas en la oscuridad representa un esfuerzo por minimizar los daños que puedan ocurrir al transitar por vías obstruidas por escombros, árboles, tendidos eléctricos y otros objetos que fueron desgarrados y arrastrados por las ráfagas. De día la lucha es intensa. El calor va aumentando con el paso de las horas y ante los inminentes efectos de la deforestación. Cuando entra el hambre, avalanchas de personas desesperadas hacen colas eternas en los pocos locales abiertos que venden comida, café y otros artículos racionados. Ayer tardé una hora en Subway para conseguir dos sándwiches y dos cafés; hoy tardé otra hora en la fila del supermercado donde conseguí una que otra cosa para apaciguar el hambre y el aborrecimiento del letargo. La verdad es que tuve suerte porque dos horas, no son nada. Eso me dicen algunos vecinos. Parece ser como si la noción del tiempo y el espacio se han trastocado por esta nueva realidad. Tendremos que borrar de nuestras mentes lo que una vez fuimos y tuvimos para asimilar la nueva forma en que nos transformaremos. No nos queda más remedio.

VII.
Cuerpos grotescos muestran libras de caderas y rollos de grasa desmesurada. La mayoría lleva tatuajes y peinados de mal gusto, viste y se expresa vulgarmente, y tampoco parece importarle lo que piensen los demás. La cantidad de ropa mide la clase social en Puerto Rico, sobre todo tras el paso de María. Menos ropa equivale a menor estatus socio-económico. Sin embargo, da igual que seas de clase alta, media o baja- casi todo el mundo que se ve en la calle en estos últimos días viste de pijama o ropa de estar en casa, digamos, normalmente no apta para salir en público. Ahora, tras el paso del huracán, todo vale, todo se perdona. Nadie se ha bañado propiamente hace cinco días, aparte de una lavadita con paño, o el famoso baño polaco que solo se ocupa de: la cara, el culo y los sobacos. Los pelos ya se ven grasientos y no puede taparse la falta de blower en las cabezas de muchas aficionadas. Las caras tampoco pueden disimular la falta de una buena ducha jabonada y las axilas muestran vellos que no han visto rasuradoras en días. Una señora lleva rolos en el pelo, como si en estos tiempos importara el aspecto o la estética. Otros andan en pareja o grupos pequeños para así dejar a uno en la fila y al otro en el carro cargando el celular. Cada segundo y cada oportunidad debe aprovecharse al máximo. Algunas personas en la fila huelen a sudor viejo, otras parece que no han logrado cambiarse la ropa desde hace cinco días. La mayoría hace bromas, otros tienen caras amargadas, unos pocos se pelean o se critican entre sí. Parece ser como si aún nadie entendiera la magnitud de lo sucedido. El pueblo está in shock y de momento solo intenta sobrevivir. El rico de la esquina espera junto al pobre para que le abran paso al negocio y lograr conseguir aquello que más necesitan: salchichas en lata, algo frío para tomar, pan, detergente, papel toalla, bolsas de basura, lo que sea. Las diferencias sociales se acentúan pero poco puede hacerse, pues todos nos encontramos ahora en el mismo barco: el desastre y la devastación total que ha dejado María.

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VIII.
María ha desenmascarado una crisis que no se limita a ser humanitaria. Ha dejado desamparados no solo a los humanos que habitan sobre la isla, sino también a los animales. Guaynabo, cuna de guacamayos, cotorras y otras aves exóticas del Caribe se ha deforestado por completo. Desde hace cinco días se ven estos pájaros de brillante plumaje en tonalidades azules y amarillas que ahora vuelan de rama en rama desconsolados y sin encontrar sentido a su alrededor. Las palmas y los arbustos han quedado desnudos, con pocas hojas que sirven de camuflaje para así evitar ser observados a plena vista. Cotorrean más a menudo y en tonos más fuertes en un intento por que alguien le conteste qué rayos ha pasado aquí. Su hogar ya no existe y este nuevo desolado entorno con el que se han topado, no lo reconocen; les es extraño y poco acogedor. Antes permanecían horas descansando y disfrutando dentro de la maleza; ahora vuelan de tronco en tronco intentando encontrar guarida. Las iguanas o gallinas de palo también han sido afectadas por esta crisis. Hace cinco días intentan buscar un poco de brisa abrazadas a lo que ha quedado de una rama: despojada, apenas agarrada a un filo. Su mirada de perturbación es evidente. Es casi como si tras el paso de María los animales se escucharan decir: ¿Dónde ha quedado mi hábitat? Y ¿ahora qué será de mí?

IX.
La noche se plaga de ruido. Una vez cae el sol, se torna una misión imposible para algunos conciliar el sueño. Es durante la noche cuando sale a relucir el egocentrismo más puro y duro de los boricuas. Por carecer del servicio eléctrico, cientos de personas procuraron pre-tormenta hacer todo lo posible e imposible por conseguir un generador o planta para abastecer sus hogares de este consumo. En el Condominio The Falls en Guaynabo los residentes que poseen una de estas plantas pueden contarse con la mano. Uno porque son carísimas y dos porque en esta temporada de huracanes son uno de los preciados objetos, dificilísimos de conseguir. Pre-María la gente hacía filas de horas afuera de los negocios que venden estos aparatos y hoy día es prácticamente imposible encontrar una en la isla. Sin embargo, aquellos afortunados que sí cuentan con uno de esos ruidosos motores que generan electricidad son odiados por sus vecinos. Tan pronto cae la noche, se escucha a los dueños halar de los cables que las encienden, cruzar los dedos porque aún les quede diésel para operarla- y de ser así- gozan toda la noche de aire acondicionado y televisión por cable, mientras sus vecinos se sofocan en calor y apenas logran cerrar un ojo. Como si fuera poco, las plantas eléctricas, por alimentarse de combustible y diésel, impregnan el aire de un potente y asfixiante olor a gasolina. La intoxicación es inevitable en muchos casos y se añaden a la complicada tarea de conciliar el sueño. Según la normativa de muchas viviendas comunales como The Falls, se establece que antes de operar cualquier aparato como este, se debe obtener el consentimiento de los vecinos. En estos tiempos de María, sin embargo, las leyes se respetan aún menos que durante el resto del año y la mayoría de la gente hace oídos sordos y ojos ciegos ante el problema. Algunos vecinos de ojeras anchas y oscuras que apenas han cerrado ojo en estos cinco días esperan la mañana para quejarse entre ellos. La situación trata de asimilarse y lidiarse con alcohol o pastillas para dormir, acentuándose aún más la falta de consideración, solidaridad y civilismo que existe en el país- sobre todo en momentos de aguda tensión como los que se viven en el presente.

X.
Día 6. De momento esta será la última entrada que escriba. Mi computadora marca la poca batería que le queda con un ícono rojo. Estamos ya en las últimas. La cotidianidad pos-huracán se intenta asimilar más con cada hora. Nuestra realidad ha sido trastocada por completo. Ayer en la tarde apareció un pequeño chorrito de agua saliendo del grifo y no pude contener la emoción. Rápido recurrimos a lavarnos el pelo con champú y la cara con jabón. No pude contener el regocijo de por fin sentirme un poco más limpia. Ya hoy, para nuestra sorpresa, desapareció ese codiciado chorro de agua bendita y volvimos a la sequía inicial. Los días tras María por lo regular comienzan temprano, uno se levanta antes de las 7, pues el calor y los mosquitos impiden que el cuerpo pueda permanecer en la cama por mucho tiempo sin sentir incomodidad. Por lo regular el evento más importante que transcurre en la mañana es intentar conseguir otro de los más preciados líquidos, sobre todo para los caribeños: café. Hoy abrió la panadería Los Cidrines (el dueño finalmente logró conseguir diésel para alimentar la planta eléctrica) y la fila de personas hambrientas y adictas al café y el revoltillo se hacía evidente. Tras el café hay que regresar a casa ya que la gasolina disminuye con cada milla recorrida. Las filas en las gasolineras son cada vez más largas y de solo mirarlas, agotan. De regreso a la casa las horas pasan lentas. Ayer terminé un libro de 400 páginas que comencé el día que azotó María. Hay que aprovechar las horas de luz para la lectura, ya que solo nos queda una linterna para alumbrar las noches que se alimenta con 6 baterías D: otro objeto que no consigue en ninguna parte de la isla. Aparte de leer, el aburrimiento da con comer, aunque la variedad en cuanto a alimentos que consumimos estos días es muy limitada: manzanas, pan, galletas y queso. Mi madre me confesó hoy que se pesó en la balanza y ya ha perdido tres libras desde el azote de María; yo más o menos igual. Junto con el chorrito de agua con el que fuimos bendecidos algunas horas de ayer, también llegó una débil señal de celular. Pude cotejar algunos mensajes y el correo y también avisar a seres allegados que nos encontramos sanas y salvas a pesar de la destrucción masiva que nos rodea. Duermo una hora, me levanto y pienso otra. Luego en la tarde se escucha radio, se merienda alguna cosa y se espera ansiosamente que se esconda el sol para poder conciliar el sueño y levantarse otro día con las ansias de volver a la normalidad antes de María.

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